La piel en desuso

En estos tiempos de tapabocas, derrumbamiento de mitos sostenidos por el capitalismo, y creencias exacerbadas en el Apocalipsis o en el tan esperado ‘Fin del Mundo’, la existencia del órgano más grande que recubre a los animales vertebrados se pone en juego tras el distanciamiento físico.


Toda una industria destinada a su mantenimiento se derrumba. Las propagandas contenidas de imágenes de gente bañándose o tomando el sol en la playa son sometidas al olvido colectivo. El maquillaje con el cual se pretende teatralizar el cuerpo, ya no es necesario. Los rayos UV no parecen ser un problema. Las manchas se desintegran, y por consiguiente, las pecas pierden su tonalidad junto al espacio que las sostiene.


Los abrazos, las caricias y los besos, son cosas del pasado. La sensación de bienestar que generaban al producir oxcitocina en el cerebro son equiparables a los recuerdos de la infancia que solo podemos recuperar a través de las fotografías o al escuchar ciertas anécdotas.


Ahora, el mayor contacto al que la piel aspira es a manipular aparatos electrónicos. Nuestro lazo con las máquinas se estrecha; nos apegamos a ellas, así como nos apegábamos a algunos seres desconocidos que tocaban nuestro corazón. No se concibe una vida sin internet.


Todo esto, lejos de ser nuevo, ha sido normalizado desde hace tiempo. Es en este proceso en que la piel entra en un estado de desuso; no la usamos para lo que veníamos acostumbrados. Lo más seguro es que en un futuro cercano, igual que las cordales, deje de aparecer por cuestión evolutiva.


Probablemente nos convirtamos en seres subterráneos, o como nos muestra Matrix, habitemos solo nuestros pensamientos y todo sea una ilusión. Por ahora, podemos disfrutar de los pequeños usos que le quedan al tegumento: sentir el agua, hacer los dibujos que tanto quisimos en la infancia y que fueron rotundamente prohibidos y castigados por el sistema educativo, y también tocarla de vez en cuando para comprobar que todavía sigue allí.


Sea lo que sea, las huellas irreversibles de la época quedarán incorporadas en nuestro pálido órgano, perdiendo aún más la confianza en los otros. Dejaremos de buscar el contacto y la cercanía. Evidentemente ya no seremos los mismos, y este miedo social nos llevará a encontrar nuevos usos a nuestra piel, y por orden consecutivo al resto de órganos que nos vayan quedando.


¿Qué pasará luego con el uso del pensamiento?


Por: María Alejandra González Vallejo




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